Viaje al Castro de las Merchanas


Este castro Vetón es una reliquia de la historia de Salamanca, de los pueblos pre-romanos asentados en estas tierras hace miles de años. Historia y naturaleza se dan la mano para sorprender al visitante que se adentra en El Castro de las Merchanas.

 

 

Oculto a lo largo del tiempo, sus tesoros han permanecido vivos, inmutables, edad tras edad, era tras era a lo largo de las épocas de nuestra historia. Hoy sus murallas, sus enormes sillares y sus grabados pueden contarnos sus leyendas. Lo que nos permite adentrarnos en la vida de tiempos tan remotos y disfrutar del extraordinario paraje natural donde los Vetones decidieron asentarse.

Nuestra aventura  comienza una soleada mañana de primavera, la naturaleza ya ha comenzado a despertar del largo letargo del invierno y que mejor forma de aprovecharlo que visitando el entorno natural del castro.

 

Mientras nos dirigimos a nuestro destino desde Salamanca vamos cruzando los verdes prados del campo charro, poblado de encinas por doquier y como no, regentado por su ilustre soberano, el toro bravo. La sensación que transmite el verdor de las praderas y el aire libre va calando poco a poco. Es el aperitivo perfecto para el plato fuerte que nos espera después.

 

Pasado Lumbrales, municipio del oeste salmantino donde se encuentra el centro de interpretación del territorio vetón, nos encontramos el desvío que nos conducirá al aparcamiento del Castro de Las Mechanas. Una pista de 3km en cuyo final acaba nuestro trayecto en coche.

 

Es la hora de atarse bien los cordones, coger nuestra inseparable mochila (con almuerzo y agua por supuesto) y la cámara ¡No hay detalle que dejar escapar!

 

 

La pequeña ruta del aparcamiento a la entrada del castro es un sinuoso sendero de algo más de 1Km que transcurre siempre flanqueado por antiguos muros. Son producto de un laborioso trabajo de tiempos pasados apilando miles de piedras para formar parcelas para el ganado.

 

En varias ocasiones nos encontramos junto al camino las llamadas “construcciones sin arquitecto”,  pequeñas edificaciones circulares construidas apilando piedra tras piedra hasta dar forma a las paredes y finalmente al techo. Estas “chozas” resguardaban a los pastores de las inclemencias del tiempo cuando la vida en el campo era mucho más dura de lo que es ahora.

 

Seguimos nuestro camino serpenteando entre los verdes campos, disfrutando de las sombras que nos ofrecen los arboles a nuestro alrededor. Es uno de los primeros días calurosos de la primavera así que nos lo tomamos con calma, disfrutando del momento.

 

Hacemos una pequeña parada para admirar una enorme encina que llevará siglos saludando a los caminantes. La naturaleza se llena de sonidos, el aire en las ramas de los árboles, los invisibles grillos, los diferentes pájaros, cada uno con su trino peculiar. Multitud de ruidos llenan el ambiente pero ningún rastro de la civilización, ninguno es humano.

 

De repente el camino se transforma, desaparecen las lindes de piedra y nuestra vista se abre al horizonte. Estamos en lo alto de una pendiente, de frente tenemos la ladera contraria recortada sobre el azul del cielo y entre nosotros un pequeño valle arbolado por el que discurre El Río Camaces. Aunque en realidad toda la zona es un estupendo mirador nos encontramos uno especialmente construido para tal fin.

 

Es hora de descender por el camino que zigzaguea en la ladera, es mediodía y el almuerzo nos esta llamando desde el interior de la mochila. Queremos encontrar una buen sitio para sentarnos a la sombra, junto al río y disfrutar de una buena comida “campera”.

 

Una vez más el Castro de Las Merchanas nos tiene reservada una sorpresa. En el fondo del valle, medio oculto por las copas de los árboles que rodean el río, surge un antiguo molino, restaurado para dar a conocer al visitante este antiguo oficio. Ya hemos encontrado el lugar que buscábamos, el molino tiene un asiento de piedra perfecto para preparar nuestro “pic-nic” con el murmullo del agua de fondo ¡A comer!

 

Con el estómago lleno y antes de que el sopor se adueñe de nosotros seguimos con nuestra visita. El camino cruza por encima de la antigua presa que abastecía de agua al molino. Los árboles no nos permiten uno de los márgenes del río, lo cual acaba resultando otra agradable sorpresa.

Cuando por fin el sendero gira a la izquierda podemos ver lo que antes quedaba oculto, nos encontramos de lleno con las dos murallas circulares que flanquean la entrada del castro.

No es difícil dejar volar un poco la imaginación y ver los centinelas, con lanza en mano, apostados en lo alto de estas fortificaciones. La tierra que pisamos ha sido escenario de batallas, luchas y asedios primero por los vetones, más tarde por los romanos que también habitaron El Castro de Las Merchanas.

 

Aquí comienza nuestro viaje por la historia. Un recorrido circular por el interior del castro desde donde poder transportarnos a la época en la que un pueblo entero vivía su día a día. Varios carteles de interpretación repartidos por el interior nos ayudarán a conocer su arquitectura, sus costumbres y su cultura.

 

Pero este castro aún tiene algunos secretos reservados para quien lo visita, como la puerta Vetona guardada fielmente por su verraco de piedra, grabados en sus muros o un pequeño sendero que discurre por el exterior de la antigua muralla, oculto entre el bosque que hará las delicias del que se adentre a recorrerlo.

 

Como en toda buena historia el final debe ser preservado para aquellos que comienzan desde el principio. Así que como se suele decir “hasta aquí puedo leer”. Aquí termina nuestro viaje, pero este viajero os invita a escribir vuestra propia historia en El Castro de Las Merchanas y a descubrir por vosotros mismos su final.

 

¡¡Buen Viaje!!

 

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